Hubo un tiempo, no hace tantos años, en que muchos padres se enfrentaban a la famosa pregunta: “¿De dónde vienen los niños?”. En aquellas épocas, con menos acceso al conocimiento y a los medios que hoy tenemos, era común que algunos papás y mamás no supieran cómo explicar algo tan natural de forma sencilla. De hecho, no faltaban quienes compraban manuales o libros especializados para encontrar las palabras adecuadas. Era una duda existencial que formaba parte de la vida cotidiana, y con el tiempo, también se convirtió en tema de publicidad y campañas educativas.
Si nos fijamos en el mundo que nos rodea, podemos observar que el secreto de la creación en este mundo —y, me atrevería a decir, en el universo entero— sigue un patrón que se repite en muchos ámbitos. Este proceso tiene tres elementos fundamentales: hace falta una semilla, hace falta tierra, y hacen falta cuidados para que lo que plantes nazca bien.
Pensemos, por ejemplo, en algo tan sencillo como una patata. Para obtener una nueva, primero necesitas una semilla, luego buscar una tierra fértil donde plantarla, y finalmente regarla y cuidarla cada día para que crezca sana. Con dedicación, paciencia y los elementos necesarios, la naturaleza hace su magia y surge algo nuevo.
La biología del hombre y la mujer no es tan diferente de este proceso. En el caso de los seres humanos, también hay una semilla, un lugar fértil donde puede crecer, y todo el amor y cuidado que se le da para que esa nueva vida se desarrolle. No hay necesidad de complicar esta explicación, porque es el mismo principio que vemos repetido una y otra vez en la naturaleza.
Al fin y al cabo, la creación de la vida no es solo un proceso biológico, sino también un acto de amor y cuidado, como lo es plantar cualquier semilla con la esperanza de que crezca fuerte y hermosa. Esta es la esencia de dónde venimos: una unión de elementos, de cuidados y de magia natural que hace posible lo que somos.
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